sábado, 1 de mayo de 2010

LA ENCARNACIÓN ACONTECIMIENTO TRINITARIO


por Samuel Antonio Orellana


La Cristología es la ciencia que estudia la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo; este estudio se realiza a través del análisis de las fuentes y escritos donde fueron quedando plasmadas las huellas humanas de Jesús de Nazaret. La primera de estas fuentes es la Sagrada Escritura, y en forma particular los evangelios; es la fuente que con mayor autoridad nos habla de la persona y de la obra de Jesucristo.


La otra fuente de la Cristología es la Tradición de la Iglesia, contenida básicamente en los documentos de los concilios ecuménicos en los que se ha ido formulando el dogma de fe sobre Jesucristo. Estos concilios son fundamentalmente cuatro: Nicea, celebrado el año 325; Primero de Constantinopla, del año 380; Éfeso, del año 431, y Calcedonia en el año 451.


Sabemos que Cristo se encuentra en la totalidad de la creación; sin embargo no podemos partir de la creación para el estudio de la Cristología, porque ésta es iluminada solamente a partir de la Encarnación de Dios hecho hombre. El único punto de partida para el estudio de Cristo es precisamente el acto de la Encarnación, porque cuando Dios se hizo hombre hubo ya alguien con nuestra misma naturaleza humana que al mismo tiempo era Dios. Nadie mejor que Cristo para hablarnos de Dios, porque él es Dios y porque es también hombre igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Por otra parte, nadie mejor que los apóstoles para hablarnos del hombre Jesús que fue glorificado en su resurrección, porque ellos lo conocieron, convivieron con él, y luego de haber resucitado se les apareció y lo pudieron ver. Ambas experiencias, la de la encarnación y la de la resurrección, están registradas en la Sagrada Escritura; por eso para nosotros es imprescindible partir de ella para conocer la figura y la obra de Cristo Jesús.


Ya en el Antiguo Testamento encontramos una verdadera y propia encarnación que implica la intervención divina en la vida de la humanidad, particularmente en la vida del pueblo de Israel. Dios se empeña estableciendo relaciones con el pueblo basadas en alianzas al modo humano; empeña su pensamiento expresándolo a través de la palabra humana, empeña su acción manifestándola a través de la historia de Israel, empeña su presencia localizándola primero en la Tienda del Tabernáculo y luego en el Templo de Jerusalén.


A pesar de todo ese gran empeño de Dios manifestado en el Antiguo Testamento, se hará más importante el empeño de Dios en la Nueva Alianza, porque en ella lo será de manera más íntima a través de la persona de su propio y único Hijo hecho hombre.


Dios se manifestó en el Antiguo Testamento en su unidad, pero no en su trinidad; por eso los atributos divinos de padre y Esposo se le asignaron solamente en forma global con relación al pueblo de Israel, sin distinguir Persona en él; pero para conciliar esos dos atributos de Padre y Esposo en una sola Persona solamente era posible a nivel de imagen. La solución de ese enigma se daría hasta en el Nuevo Testamento, en él se comprendería que el Padre es distinto del Esposo. En otras palabras, en el Antiguo Testamento Dios se guardó lo más profundo de sí mismo, lo que es su misma esencia: el misterio de las Tres Divinas Personas. Esta distinción de Personas en Dios se reveló cuando una de ellas entró en la existencia humana.


En Cristo se ha realizado plenamente el dinamismo de la Encarnación que estaba ya presente en el Antiguo Testamento. En él la presencia de una de las tres Personas de la Santísima Trinidad para venir a habitar entre los hombres llega a su término; en Él, en Cristo, llega el hombre también a alcanzar su condición divina.


El misterio de la encarnación y el misterio trinitario, están, por tanto, en íntima y recíproca relación. La encarnación tiene su fuente y su explicación en la Trinidad, y la Trinidad encuentra en la encarnación su expresión y su prolongación ad extra. La fecundidad ad extra de Dios tiene su manifestación libre y gratuita no solo en la creación, sino también en la redención y en la misión del Hijo, que extiende a la humanidad entera y al cosmos la participación en la vida divina. La encarnación es, por tanto, como la flor de una raíz que tiene su origen en el proceso trinitario, como el desarrollo de un germen sembrado allí, como el fluir de una corriente abundantísima, que brota de la abundancia trinitaria.


Veamos el compromiso de las personas divinas en la encarnación del Verbo. En el NT, Jesús, dirigiéndose a Dios como Padre (Mc 14, 36; Mt11, 25-26; 36-46). Jesús ha referido siempre su vida, a un compromiso primordial del Padre, efectivamente, Dios Padre es quien ha tomado la iniciativa de la encarnación salvífica: “cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo” (Gal 4,4). A Él se debe el plan de salvación del hombre en Cristo: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor, predestinándonos en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya” (Ef 1, 3-6).


En el lenguaje teológico, este compromiso salvífico del Padre en el acontecimiento Cristo ha sido tematizado con la categoría “misión del Hijo”. El término “misión” es en sí mismo profundamente bíblico. En el NT aparece la “misión del Hijo” por parte del Padre ( Jn 3,17; 5, 23; 6, 27; 17, 18), y la “misión del Espíritu Santo” por parte del Padre (Gal 4, 6; Jn 14, 16. 26) y del Hijo (Lc 24, 29; Jn 25, 26; 16, 17). Mientras que la misión del Hijo en la encarnación es visible, la del Espíritu Santo, es decir, la inhabitación en el corazón de los creyentes (1 Cor 3, 16; 6, 19; Rom 5, 5; 8, 11), es invisible. Referido a la encarnación, la “misión” temporal del Hijo por parte del Padre implica dos aspectos. El primero consiste en la revelación de una presencia nueva, libre y personal del Hijo en el mundo y en la historia (la encarnación). El segundo aspecto remite el acontecimiento a su origen eterno del Padre ( lo que en teología trinitaria se llama “procesión”).


La misión temporal del Hijo, que no consiste solamente en su actuar, sino sobre todo en su novedad de ser Hijo de Dios encarnado, que constituye una ventana abierta al insondable misterio Santo de Dios. Permite lanzar una mirada de admiración a la gloria trinitaria del padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Del testimonio bíblico podemos, concluir en síntesis, no solamente el dato fundamental del acontecimiento de la encarnación como elemento constitutivo y característico de la fe cristiana, sino también algunas claves hermenéuticas esenciales para interpretarlo y para desentramarlo correctamente en todo su significado. En primer lugar, se trata de un acontecimiento que hay que colocar en la perspectiva histórica de la voluntad salvífica de autocomunicación que caracteriza a la revelación veterotestamentaria y que abarca intencionalmente a toda la humanidad. En segundo lugar, la encarnación tiene que verse y que leerse como un acontecimiento que, comenzando de modo escatológico con la concepción virginal de María por obra del Espíritu Santo, se extiende y se desarrolla en tensión hacia su consumación en la hora pascual de la muerte y de la resurrección. En tercer lugar y como consecuencia de las dimensiones anteriores la encarnación ha de comprenderse en el horizonte de la autocomunicación de Dios al hombre como acontecimiento trinitario, que precisamente gracias a la encarnación (al acontecimiento del Hijo de Dios Hijo del hombre) hace partícipes a los hombres de la misma vida divina del amor.

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